Ago 18

La gallina y el huevo (pasta fresca)

Lun, 18/08/2014 - 21:00 — Manuel Bustabad

Hace siete años se nos reveló Pepita por primera vez. Salió del anonimato de su gallinero gracias a algún depredador que no fuimos capaces de identificar, quizá un águila o un visón. El caso es que cada noche, a veces cada dos, desaparecía una gallina. Al principio culpábamos a los perros, golosos como nosotros pero con menos pudor, pero el caso es que por más que vigilábamos a éstos la cosa siguió menguando hasta que sólo quedaba una.

Y cuando ya estábamos pensando qué hacer con el espacio ganado a la finca cuando desmontásemos el gallinero ocurrió lo siguiente: la gallina, esa noche, en vez de irse a dormir a su gallinero, se escondió en la caseta de los perros. Y durmió con ellos, que la aceptaron con docilidad. Desde ese día se hicieron inseparables, y jugaban, comían y dormían en grupo. Ahí fue cuando bautizamos a Pepita.

Una de las perras tenía en ese momento dos meses, así que pronto las cosas se complicaron. Según fue creciendo Petra los juegos se volvieron menos inocentes, hasta que un día mi madre, de visita, descubrió que la perra tenía demasiado tiempo la gallina en la boca. La cosa quedó en un susto, pero fue suficiente para determinar que esa vida en común había terminado. Pepita volvió a su gallinero, que se llenó con nuevas incorporaciones. El tiempo barajó a las nuevas y la vieja de modo que el anonimato volvió a su vida y, tras años –siete- la población volvió a menguar, esta vez por causas naturales –principalmente-. Hasta que quedó sólo una.

(Llegado a este punto debo aclarar que no pretendo afirmar que sea la misma que comenzó esta historia. Incluso debería decir que probablemente no sea la misma, pero tampoco se puede asegurar que El Hombre Enmascarado (The Phantom) de cada aventura sea el mismo y se le llama El Hombre Enmascarado igualmente. Aclarado esto aceptemos seguir llamándole Pepita, no como nombre individual, si no como referencia a la individualidad en su especie.)

Pepita, una vez quedó sola en su gallinero, volvió a comportarse igual que siete años atrás. Los perros, ahora todos adultos –incluida Petra- la aceptan sin problemas salvo cuando toca el reparto de comida (ya he visto la cabeza de la gallina dentro de la boca de alguno de ellos como señal de aviso de que su cuenco de pienso no se toca). Por supuesto nosotros, que somos carnívoros pero no desalmados, le ponemos grano en plato individual junto a los demás para que no se sienta de menos.

Y le estamos cogiendo cariño nuevamente, qué voy a decir. Y es que ha tenido ya varios detalles con los que nos ha ganado. El primero, cuando la sorprendí saltando con los pies juntos debajo de una higuera temprana en busca de una breva; cuando la consiguió se fue con ella a una sombra a comerla.  El segundo, que despejó completamente las dudas, afectaba a su cuenta de resultados. Y es que desde que se había quedado sola no había vuelto a poner un huevo. Que di tú –diga usted- que una gallina no hace gallinero y que qué más da uno que ninguno. Pero lo cierto es que, al cabo de unos días, descubrimos su alijo en un pequeño pajar donde Lucas –galgo de libro- toma la siesta las tarde de sol. Y descubrimos que ella también se va a dormir la digestión allí al lado. Una decena de huevos aparecieron allí, intactos y de tamaño medio. Así que, si alguien en casa planteaba debate sobre el futuro a corto o medio plazo de la gallina, éste ha quedado pospuesto o incluso anulado. Pepita es ya una más y así se le trata en casa, salvo que sigue cagando donde le coincide en cada ocasión. Nadie es perfecto, supongo.

De uno de esos huevos salió esta pasta fresca.

Ingredientes para hacer pasta fresca

  • 350 gramos de harina de trigo
  • 2 huevos grandes
  • Agua templada y más harina por si acaso.

Hacer un volcán con la harina. Colocar el huevo en el centro.

Batir el huevo con un tenedor o similar e ir incorporando la harina hasta mezclar todo. Cuando ya no se pueda trabajar con el tenedor continuar mezclando y amasando con la mano hasta conseguir una masa homogénea. Será bastante dura y firme. Si no se puede manipular bien se puede añadir un poco de agua templada. Si se ablanda demasiado se puede añadir un poco de harina.

Una vez esté bien mezclada y homogénea se deja reposar diez minutos tapada.

Si no se dispone de máquina cortapastas se estirará bien con el rodillo sobre una superficie enharinada. Se dobla en dos y se vuelve a estirar bien. Repetir esta operación diez o doce veces, hasta que quede una lámina flexible y gomosa. Usar harina para que no se pegue si es necesario.

Por último, dividir la masa en dos o tres trozos y estirar cada uno de ellos con el rodillo. Cortar con la punta de un cuchillo según el tipo de pasta que se desee, aunque sin una máquina de cortar pasta lo más sencillo es hacer tallarines –cintas alargadas- o bloques para lasaña.

Cocerla en agua con sal hirviendo a fuego fuerte durante dos o tres minutos. Escurrir inmediatamente e incorporar a la salsa prevista.

 

Comentarios

Anónimo (no verificado) says:

La receta me ha encantado, es super sencilla y tiene que estar buenísima, pero lo que más me ha gustado ha sido la historia, preciosa de verdad y con mucha gracia. Yo creo que si, que Pepita es la misma de principio a fin. Encantadora Pepita pero necesitamos sus huevos para hacer la pasta

Manuel Bustabad says:

Muchas gracias por el comentario y por acercarse a a este blog. Pepita nos ha vuelto a esconder su lugar de puesta. Buscándolo andamos estos días.

Manuel Bustabad